viernes, 8 de agosto de 2008

¿Atendería usted a un torturador?

Si alguien me hubiese hecho esta pregunta un domingo a la tarde en una caminata por el Parque Urquiza hubiera fruncido el seño y dicho que no ante una patada al hígado por asco.
Pero esta pregunta interpela a la ética profesional del psicólogo. Merece ser pensada no en el marco de una excepción o un escándalo, sino como organizadora de nuestra tarea profesional cotidiana.

¿Por qué no atendería a un torturador?

Tomo algunos conceptos de Alejandro Ariel para pensar la respuesta. “Sólo el estado, sólo al estado no le ha de temblar la mano para autorizar este lugar del analista, luego de hacer responsable al criminal frente al Otro. El juicio y castigo a los responsables de actos de lesa humanidad repara el tejido social quebrado (o vuelto perverso) que sus actos había producido. Si no hay un lugar de terceridad, Otro barrado ante quien responder, si el saber-hacer perverso se eleva como ley universal para todos…
¿Para qué un análisis?
Primero, sería imposible que el analista “cumpla su tarea” porque no estaría constituido ese lugar a ocupar.
Segundo, de no hacerse responsable de sus actos, de no estar “pagando su deuda con la sociedad”, ¿para qué sería convocado un analista? ¿para no escuchar más esos gritos que lo enloquecen? ¿para “hacer mejor su trabajo” sin que nada lo interfiera?
Tercero, el análisis sería imposible tal como lo marcan “las reglas del arte”, pero de ser posible (o de creérnoslo porque somos “almas bellas” que queremos el bien sin mirar a quien) el análisis de convertiría en algo banal. Con el tejido social perforado, los lazos quebrados o vueltos perversos… hay algo más importante, previo, por que preocuparse.

Estas últimas reflexiones, sujetas a debate, surgen de entender a los derechos humanos como algo actual e inherente a la ética profesional (como tal a su praxis). Si esa “red de significantes mínimos para que el sujeto pueda constituirse” no esta dada el análisis sería imposible y nuestra tarea (queramos o no) será otra.

Diego Stechina